Evidencia científica paso a paso. La regla del 20%

Dado su carácter inevitablemente discriminatorio, la regla del 20% ha suscitado cierta polémica en el mundo de la equitación; durante muchos años se pensó que el dorso del caballo era capaz de soportar pesos muy altos sin que su salud se viese comprometida. Sin embargo, la evidencia científica de las últimas décadas, deja claro que esto no es así.

¿Quiere decir que una persona con un peso más elevado que otra no puede montar a caballo? No necesariamente; quiere decir que debe montar un caballo adecuado para su altura y peso. Si bien en el mundo ecuestre existe también una enorme carencia de entrenamiento pie a tierra para el jinete o amazona, un tema en el que ahondaremos más adelante, no se trata de generar una norma que discrimine los cuerpos que tienen permitido practicar este deporte. Se trata de hacerlo de manera responsable, consciente, contrastada y priorizando la salud de nuestro caballo.

Los estudios que presentamos a continuación evaluaron el efecto del peso del jinete sobre las compensaciones puestas en marcha del caballo, las presiones sobre el dorso y el efecto sobre el casco.

Por un lado Roost et al. (2019) valora la interacción entre el tamaño del jinete, el ajuste de la montura y el bienestar físico del caballo. Para ello selecciona seis caballos con pesos entre 500 y 600 kilogramos en trabajo regular, sin lesiones o compensaciones previas. A su vez se seleccionaron cuatro jinetes con habilidades consideradas similares y alturas y pesos diferentes; para su clasificación se categorizó a dichos jinetes en ligero (10 – 12%) moderado (12 – 15%), pesado (15 – 18%) y muy pesado (10%). Para la evaluación se realizó una prueba de doma estandarizada de 30 minutos que incluía trabajo a los tres aires; dicha prueba debía detenerse si el caballo mostraba una cojera de grado superior a 3/8 o presentaba más de 10 marcadores asociados al dolor muscular.

Cada caballo utilizó su montura habitual, que había sido revisada con anterioridad. Para la evaluación de los puntos de presión se utilizó una manta de fuerza calibrada además del análisis a través de vídeo y software EMAS. Pese a esto, todas las pruebas de los jinetes categorizados como pesados o muy pesados tuvieron que ser abandonadas por la presencia de cojeras o dolor. Es interesante evaluar que el jinete «muy pesado» genero una presión mucho mayor en la parte trasera de la montura, mientras que los jinetes ligeros y moderados cargaban más la parte delantera al trotar.

Esto señala varias cosas muy interesantes a las que prestar atención; por un lado, cuando hablamos de saddlefitting, no debemos olvidar que la silla se adapte también a nosotros. El estudio demuestra que no solo importa cuánto pesa el jinete en relación al caballo, sino cómo encaja el jinete en la silla. Si un jinete es demasiado grande para su silla, el peso se concentra peligrosamente en la parte trasera del lomo del caballo, una zona con menor umbral de dolor.

Por otro lado, el uso de jinetes con un ratio de peso inadecuado puede causar cojeras temporales y dolor musculoesquelético inmediato. Cabe destacar que, la forma física previa de cada caballo será siempre un factor de influencia esencial. El desarrollo del core y los músculos dorsales son clave para sostener el peso del jinete de manera saludable, como comentaremos en próximos posts.

Precisamente en relación a la forma física del caballo, el estudio de Powell et al. (2008) analiza qué características físicas hacen que un caballo pueda ser más resistente al peso. Para su estudio se seleccionaron ocho caballos maduros de tipo ligero. Dichos caballos realizaron una prueba de ejercicio estándar bajo cuatro categorías de cargas aleatorias, superiores a las del estudio anterior (15, 20, 25 y 30%). La prueba consistía en trotar 4’8 kilómetros y galopar 1’6km. Cabe destacar, de nuevo, que el asiento y habilidades de la amazona o jinete son ciertamente subjetivos y claves en el resultado de este estudio, pese a que en lugar de contar con personas de mayor peso corporal, se incorporaron plomos a las monturas para hacerlas más pesadas. Para asegurar una recuperación total, cada caballo tuvo 14 días de descanso entre cada prueba.

Para medir los resultados se analizó el ritmo cardiáco, el lactato en plasma y la creatina quinasa (indicador de esfuerzo y daño muscular respectivamente). Además, un terapeuta profesional evaluó el grado de dolor y tensión posterior.

Las conclusiones del estudio manifiestan que los caballos que cargaron el 25 o 30% del peso corporal tenían ritmos cardíacos, frecuencias respiratorias y temperaturas rectales significativamente más altos. Además, la carga del 30% mantiene la creatina quinasa elevada durante hasta 48h, indicando daño en las fibras musculares (además, si el caballo vuelve a trabajar antes de que la CK baje, el daño se vuelve acumulativo, destruyendo progresivamente el tejido muscular). Respecto al nivel de lactato, los niveles fueron significativamente más altos a los 10 minutos de terminar el ejercicio con cargas del 30%; esto indica que el caballo tuvo que entrar en fase anaeróbica prematuramente para poder mover ese peso. Es el equivalente a que un humano intente hacer un sprint cargando una mochila de 40 kg: el músculo se queda sin oxígeno y empieza a quemar glucosa «a lo bruto», produciendo ácido láctico como residuo.

Es evidente que estos resultados no evalúan el daño a largo plazo, pues bajo un marco de excepción el esfuerzo o daño muscular no tiene que ser intrínsecamente negativo. Sin embargo, la experiencia de dolor, tensión, compensaciones o cojeras como las evaluadas en el estudio anterior, sí nos indican que un jinete por encima del 20% del peso corporal del caballo va a provocar daño sobre el mismo. Además, la tensión muscular, que se ve drásticamente aumentada con cargas superiores al 20% pueden derivar en patologías más graves y dolores crónicos (ej. kissing spine) debido a la extensión e incurvación forzada de la columna.

Es decir, un caballo que carga un peso excesivo presenta la misma química que un atleta humano que se ha «pasado» y se ha lesionado entrenando. La diferencia es que, en el caballo de escuela, si no medimos estos valores o respetamos la regla del 20%, lo obligamos a trabajar en un estado de inflamación y dolor constante.

Este estudio pretendía además evaluar qué tipos de caballos son más aptos para pesos más altos; al elegir un caballo para un jinete pesado, no solo hay que mirar la altura, sino priorizar la anchura del lomo y la fortaleza ósea (caña), ya que son mejores indicadores de su capacidad de carga que la simple alzada.

Por último, el estudio de Budzinska-Wrzesien & Wrzesien (2005) aborda de forma concreta cómo el uso del caballo y la carga del jinete influyen en la salud del casco, desmitificando la idea de que la fragilidad del caballo de deporte es algo puramente genético o «artificial».

Mientras que el casco de un caballo en libertad está diseñado para soportar solo su propio peso en movimiento constante, el caballo doméstico recibe una carga vertical extra y estática (durante la monta). Dicha carga altera el mecanismo natural del casco. Sin una higiene adecuada o bajo condiciones de estabulación, el peso del jinete acelerará la deformación de las paredes y la compresión de los talones. El estudio señala además que el impacto del jinete puede resultar más dañino si se trabaja sobre superficies duras o irregulares sin la corrección (recorte) sistemática del cuerno. De este modo, los caballos sujetos a uso deportivo constante (trabajo montados diario) presentan una mayor incidencia de deformaciones en las paredes laterales y la calidad del cuerno. Si además de este trabajo diario incorporamos un estilo de vida estabulado y condiciones de higiene mediocres estaremos generando un entorno muy agresivo y insalubre para el casco.

Es decir, el peso del jinete actúa como acelerador de patologías que ya existen; un casco sano y limpio puede gestionar la carga montada.

Entendemos por lo tanto que, la evidencia científica actual demuestra que los pesos, sobretodo los pesos mal distribuidos, por encima del 20% resultan dañinos para el caballo, tanto a corto como largo plazo. Cabe destacar el detalle de «pesos mal distribuidos»; como vimos en el segundo estudio, al incorporar el peso a través de plomos, el daño no parece haber sido tan grave como cuando lo que cambia es el propio peso corporal del jinete. Esto se debe a que los plomos proporcionan una mayor estabilidad. De este modo, no solo debemos tener en cuenta el peso del jinete, sino la distribución de el mismo. Lo cual nos devuelve al uso de la montura, que no solo debe (y de manera imprescindible) adaptarse a la anatomía del caballo, sino también a la del jinete o amazona.

No se trata de discriminar el propio ejercicio de montar, sino de hacerlo de la manera adecuada. Con un caballo de tamaño correspondiente, una montura correcta y unas condiciones físicas aptas para el animal que soporta el peso. Sobre estas últimas ahondaremos un poquito más en el próximo post de evidencia científica. Estad atentos!

Roost, L., Ellis, A. D., Morris, C., Bondi, A., Gandy, E. A., Harris, P., & Dyson, S. (2019). The effects of rider size and saddle fit for horse and rider on forces and pressure distribution under saddles: A pilot study. Equine Veterinary Education, 31(11), 1-11.

Powell, D. M., Bennett-Wimbush, K., Peeples, A., & Duthie, M. (2008). Evaluation of indicators of weight-carrying ability of light riding horses. Journal of Equine Veterinary Science, 28(1), 28-33.

Budzinska-Wrzesien, E., & Wrzesien, R. (2005). The influence of different hygienic and management systems on the healthy condition of horse hoof. ISAH 2005 – Warsaw, Poland, 2, 161-164.

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